El origen del teatro Real de Madrid tenemos que buscarlo en el teatro de los Caños del Peral, este fue un teatro de Madrid, situado en lo que luego sería la plaza de Isabel II, construido a principios del siglo XVIII sobre un corral de comedias, y demolido en 1817 para dejar su espacio al actual Teatro Real.
El rey Fernando VII promovió la construcción en Madrid de un teatro de ópera incluido dentro del proyecto de remodelación de la Plaza de Oriente, que encargó al Arquitecto Mayor de Palacio Isidro González Velázquez. Para ello, se ordenó la demolición del antiguo Teatro de los Caños del Peral. El proyecto del edificio del nuevo teatro se encargó al Arquitecto Mayor de la Villa de Madrid, Antonio López Aguado, que diseñó un edificio con forma hexagonal irregular, cuya fachada principal miraría a la Plaza de Oriente y la otra, de menor empaque, recaería sobre la actual plaza de Isabel II.
La construcción del nuevo «Teatro de Oriente» se inició en abril de 1818, pero la escasez de fondos de la Casa Real impidió que las obras arrancaran antes de 1830. A la muerte del arquitecto, el proyecto fue asumido, sucesivamente, por Custodio Teodoro Moreno y Francisco Cabezuelo. Tras la subida al trono en 1833 de la reina Isabel II, numerosos acontecimientos políticos y burocráticos paralizaron la ejecución del proyecto, hasta que el 7 de mayo de 1850, por medio de una Real Orden, se impulsaron las obras del Teatro, exigiendo su finalización en un plazo de seis meses, como así se hizo. Se inauguró en 1850 situado muy cerca de Sol, el edificio fue durante 75 años uno de los principales teatros europeos, pero un hundimiento en 1925 provocó que estuviera cerrado 41 años. En 1966 reabrió como auditorio y sede del Real Conservatorio Superior de Música y Escuela de Arte Dramático. Declarado Monumento Nacional en 1977, no fue hasta 1997, y tras casi siete años de reformas, cuando volvió a ser la sede madrileña del bel canto.
Cuando entramos lo primero que vemos en el foyer de entrada, es la columnata elíptica forrada de madera tropical, con sus 15 metros de altura y sus balcones distribuidos en tres alturas, conectados a través de escaleras, que a su vez dan paso a los amplios balcones, desde donde se puede disfrutar de los distintos y peculiares puntos de vista de este salón.
Desde el foyer subimos a la primera planta a un palco lateral desde el cual contemplamos la sala con su maravillosa lámpara, el palco real utilizado como zona de apoyo a la iluminación escénica, y el escenario solo la mitad, cortado con un panorama que no dejaba ver el tamaño real de este escenario.
Subimos al segundo piso, accesible para todo el público asistente, permite circular por todo el perímetro del edificio, pasamos por el salón Carlos III donde dominan los tonos azules presidido por una inmensa alfombra, y gracias a la perfecta distribución de sus espejos, le dan mayor amplitud y luminosidad al entorno haciéndolo especialmente agradable.
Salimos por la rotonda anexa, que contiene dos óleos pertenecientes a la colección del Teatro Real que representan al tenor Ronconi y al compositor Arrieta.
El siguiente salón es el Vergara con su alfombra, admiramos la cuidada decoración con importantes obras de arte, entre las que podríamos destacar una consola del siglo XVIII así como óleos del siglo XIX: Una Poesía de Juan José Zapater, Estudio del Natural de Luis Larmig y Tres Alegorías de Verger Fioretti y García Mencía, todos ellos pertenecientes a la colección del Museo del Prado y cedidos gentilmente a este Teatro para el deleite de sus invitados.
Al entrar al Salón de Baile, donde la decoración teatral, firmada por Pascua Ortega, hace alusión a los antepechos de los palcos originales. En ella se recrean ambientes operísticos donde se exhiben trajes utilizados en montajes de ópera históricos como Aida y Ana Bolena e instrumentos musicales. Pero el rasgo más determinante es el techo estrellado, sus 630 terminales de fibra óptica reproducen el cielo de Madrid.
Al salir del salón de baile pasamos por la rotonda donde nos llama la atención la lámpara y el tapiz, para pasar al salón Arrieta en éste destaca también la lámpara que adornaba el antiguo Palco Real del Teatro antes de su reforma, además llaman la atención los elaborados tapices que visten sus paredes, fabricados en Bruselas y en la Real Fábrica de Tapices en los siglos XVII y XVIII.
La siguiente parada es en el salón Felipe V Con una decoración en la que destaca la refinada tapicería en tonos salmón que cubre completamente sus paredes, recibe su nombre, al igual que los otros salones de la segunda planta, de la calle a la que está orientado. Pero su especial atractivo reside en que en él se resume gran parte de la vida del teatro a través de los distintos cuadros que adornan sus paredes, obras en las que se representan los reyes que de una manera u otra han escrito alguna página en la historia del Teatro Real.
Al subir a la sexta planta entramos en el vestíbulo superior, que se abre con grandes ventanales a la parte superior de la fachada sobre la Plaza de Oriente, este es otro de esos lugares del Teatro en los que se puede decir que una obra de arte está enmarcada por otra. Y es que a la moderna decoración y diseño, con maderas de cedro libanés, estuco y mármoles, hay que sumar la colección de cuadros cedidos por el Museo Centro de Arte Reina Sofía y la Comunidad de Madrid, de autores tan reconocidos como Cuixart, Canogar, Barjola, Bores, Equipo Crónica, Rivera, Delgado o Macarrón.
A esto se añade que al estar situado en la sexta planta del edificio, junto a la Sala Gayarre, en la fachada de la Plaza de Oriente, usted mismo, si lo desea, puede completar el cuadro con las que, sin duda, son las mejores vistas del Palacio Real, los jardines de la Plaza de Oriente, al catedral de la Almudena y la sierra de Madrid. y en las tres fotografías que con la maqueta del escenario, vemos el funcionamiento de toda la maquinaria del teatro.
Y desde aquí dimos por terminada la visita bajando en ascensor a la planta baja pasamos por el foyer para salir a la calle.




















